¿Deberíamos tener miedo al futuro?

El mundo vive con temor – con miedo a una guerra nuclear; miedo a enfermedades; miedo al fin del mundo; miedo a un accidente de tráfico; miedo a morir en un accidente aéreo; miedo a un desastre financiero y la pérdida de trabajo; y miedo a la muerte en general. Uno de los mayores temores también está dirigido a nuestros prójimos… la preocupación de cómo actuarían y reaccionarían cuando uno defiende la Verdad.

¿Qué pasa con los verdaderos cristianos? ¿Qué pasa con Usted? ¿Vive con miedo? Si es así, esta serie de artículos explicará cómo podemos superar nuestros miedos.

Como ya mencionamos, uno de los mayores temores que podemos tener es el miedo a los hombres – lo que podrían pensar, decir o hacer si abrazamos y vivimos la Verdad de la Palabra de Dios.

Pero Dios es muy específico y explícito al decirnos que no debemos temer a otras personas.

Moisés dijo lo siguiente al pueblo de Israel y luego a Josué, en Deuteronomio 31:3, 6-8:

“Entonces fue Moisés y habló estas palabras a todo Israel… “Jehová tu Dios, él pasa delante de ti; él destruirá a estas naciones delante de ti, y las heredarás; Josué será el que pasará delante de ti, como Jehová ha dicho… Sé fuerte y valiente, no temas ni tengas miedo de ellos; porque el SEÑOR tu Dios es el que va contigo. Él no te dejará ni te abandonará”.

“Y llamó Moisés a Josué, y le dijo en presencia de todo Israel: ‘Esfuérzate y anímate; porque tú entrarás con este pueblo a la tierra que juró JEHOVÁ a sus padres que les daría, y tú se la harás heredar. Y JEHOVÁ va delante de ti; él estará contigo, no te dejará, ni te desamparará; no temas ni te intimides.”

Muchos siglos después, Isaías dio el mismo mensaje de ánimo al pueblo de Israel en su época, mientras miraba su futuro lejano cuando serían liberados del cautiverio después del Regreso de Cristo. Leemos en Isaías 51:11-13:

“Ciertamente volverán los redimidos de JEHOVÁ; volverán a Sion cantando, y gozo perpetuo habrá sobre sus cabezas; tendrán gozo y alegría, y el dolor y el gemido huirán. Yo, yo soy vuestro consolador. ¿Quién eres tú para que tengas temor del hombre, que es mortal, y del hijo de hombre, que es como heno? Y ya te has olvidado de Jehová tu Hacedor, que extendió los cielos y fundó la tierra; y todo el día temiste continuamente del furor del que aflige, cuando se disponía para destruir. ¿Pero en dónde está el furor del que aflige?”

Esto es el problema clave: Mientras tememos al hombre, olvidamos temer a Dios. Y Dios les dice a través de Isaías que al final, surgirá un opresor malvado, aparentemente refiriéndose a un líder militar llamado “la bestia”, a quien todo el mundo temerá y seguirá. Pero su tiempo será corto, y Cristo lo matará cuando regresa.

El profeta Jeremías repite el mismo mensaje de ánimo en Jeremías 1:4-8, 17, 19:

“Vino, pues, palabra de JEHOVÁ a mí, diciendo: ‘Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones. Y yo dije:!!Ah !!ah, Señor JEHOVÁ! He aquí, no sé hablar, porque soy niño. Y me dijo Jehová: No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande. No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice JEHOVÁ… Tú, pues, ciñe tus lomos, levántate, y háblales todo cuanto te mande; no temas delante de ellos, para que no te haga yo quebrantar delante de ellos… Y pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo, dice Jehová, para librarte.”

En Ezequiel 2:3-8, leemos el mensaje de Dios al profeta Ezequiel:

“Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel, a gentes rebeldes que se rebelaron contra mí; ellos y sus padres se han rebelado contra mí hasta este mismo día. Yo, pues, te envío a hijos de duro rostro y de empedernido corazón; y les dirás: Así ha dicho JEHOVÁ el Señor. Acaso ellos escuchen; pero si no escucharen, porque son una casa rebelde, siempre conocerán que hubo profeta entre ellos.”

 “Y tú, hijo de hombre, no les temas, ni tengas miedo de sus palabras, aunque te hallas entre zarzas y espinos, y moras con escorpiones; no tengas miedo de sus palabras, ni temas delante de ellos, porque son casa rebelde. Les hablarás, pues, mis palabras, escuchen o dejen de escuchar; porque son muy rebeldes. Mas tú, hijo de hombre, oye lo que yo te hablo; no seas rebelde como la casa rebelde; abre tu boca, y come lo que yo te doy.”

También tome nota de las palabras de Dios a Ezequiel en Ezequiel 3:9:

“Como diamante, más fuerte que pedernal he hecho tu frente; no los temas, ni tengas miedo delante de ellos, porque son casa rebelde.”

En Hebreos 13:6, Pablo repite el mismo mensaje de Dios a su pueblo, como sigue: “De manera que podemos decir confiadamente: El SEÑOR es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre.”

En general, se nos dice esto en Proverbios 29:25: “El temor del pondrá lazo; Mas el que confía en JEHOVÁ será exaltado”.

Nuevamente, vemos que cuando tememos al hombre, entonces podríamos perder el temor de Dios. Esa es la advertencia expresada en el pasaje citado anteriormente, y esa es la misma advertencia que podemos leer en Isaías 57:11-13:

“¿Y de quién te asustaste y temiste, que has faltado a la fe, y no te has acordado de mí, ni te vino al pensamiento? ¿No he guardado silencio desde tiempos antiguos, y nunca me has temido? Yo publicaré tu justicia y tus obras, que no te aprovecharán. Cuando clames, que te libren tus ídolos; pero a todos ellos llevará el viento, un soplo los arrebatará; mas el que en mí confía tendrá la tierra por heredad, y poseerá mi santo monte.”

O defendemos a Dios o lo negamos. Temer a otras personas y preocuparse por lo que creen y cómo podrían actuar disminuye y destruye nuestro temor y respeto por Dios.

Es por eso que leemos una y otra vez la misma advertencia bíblica, que Jesucristo también expresó tan vívidamente en Lucas 12:4-9:

“Más os digo, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer. Pero os enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquel que después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo, a éste temed. ¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios. Pues aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; más valéis vosotros que muchos pajarillos.”

“Os digo que todo aquel que me confesare delante de los hombres, también el Hijo del Hombre le confesará delante de los ángeles de Dios; mas el que me negare delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios…”

Para mostrar el tremendo poder, la preocupación y el amor de Dios por nosotros, Cristo también añade esta declaración fundamental, en Lucas 12:32: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino.”

En Mateo 10:32-39, Cristo repite algunas de las advertencias, como expresado e informado en Lucas, pero añade observaciones serias adicionales para decirnos que NUNCA debemos temer a otros y dejar que nos influyan de manera que nos apartemos de Dios, y que nuestro amor por Dios siempre debe ser nuestra primera prioridad:

“A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos. No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará…”

Y así, leemos esta importante advertencia de Pedro en 1 Pedro 3:14-16:

“Más también si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis, sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros; teniendo buena conciencia, para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo.”

Cuando personas sinceras y honestas nos piden que demos una defensa o una respuesta, no debemos tener demasiado miedo o timidez para hacerlo, ni debemos tener miedo de las amenazas de los demás cuando lo hacemos. También nos acordamos de la advertencia de Cristo de no avergonzarnos de él y sus enseñanzas (compárese con Marcos 8:38).

Al mismo tiempo, no siempre es bueno “dar una defensa”, pero cuando uno se niega a hacerlo, no debe ser por temor a los hombres, sino por sabiduría divina. Amós 5:13 nos dice que a veces es bueno no dar una respuesta: ” Por tanto, el prudente en tal tiempo calla, porque el tiempo es malo.”

Cuando Pilato y los judíos desafiaron a Cristo, no les dio respuesta y no dio ninguna defensa a sus acusaciones (compárese con Juan 19:8-9; Mateo 26:63).

En Mateo 27:12-14, leemos:

“Y siendo acusado por los principales sacerdotes y por los ancianos, nada respondió. Pilato entonces le dijo: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti? Pero Jesús no le respondió ni una palabra; de tal manera que el gobernador se maravillaba mucho.”

Jesús sabía que cualquier “defensa” habría sido inútil, ya que su convicción y condena estaban predeterminadas. No desgastó sus energías dando lo santo a los “perros” y echando las perlas de sabiduría de Dios delante de los “cerdos” (Mateo 7:6). Pero no actuó de esta manera por temor a los hombres; No tenía miedo de sus amenazas.

Lamentablemente, la Biblia contiene muchos ejemplos de cuando la advertencia fundamental y exhortación de Dios de no temer al hombre, ha sido ignorada o violada.

Muchos se negaron a hablar sobre Jesús en términos de aprobación porque tenían miedo de los demás. Juan 7:12-13 dice:

“Y había gran murmullo acerca de él entre la multitud, pues unos decían: Es bueno; pero otros decían: No, sino que engaña al pueblo. Pero ninguno hablaba abiertamente de él, por miedo a los judíos.”

Después de que Jesús sanó a un ciego, sus padres fueron interrogados por los líderes de la sinagoga quienes se oponían a Cristo, pero por temor no hablaron, como se nos dice en Juan 9:18-23:

“Pero los judíos no creían que él había sido ciego, y que había recibido la vista, hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista, y les preguntaron, diciendo: ¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora? Sus padres respondieron y les dijeron: Sabemos que éste es nuestro hijo, y que nació ciego; pero cómo vea ahora, no lo sabemos; o quién le haya abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos; edad tiene, preguntadle a él; él hablará por sí mismo. Esto dijeron sus padres, porque tenían miedo de los judíos, por cuanto los judíos ya habían acordado que si alguno confesase que Jesús era el Mesías, fuera expulsado de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: Edad tiene, preguntadle a él.”

Otro ejemplo se da en Juan 12:42-43:

“Con todo eso, aun de los gobernantes, muchos creyeron en él; pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga. Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios.”

La pregunta que siempre debemos hacernos es esta: ¿amamos la alabanza de Dios más que la alabanza de los hombres? ¿Tememos más a los hombres que a Dios?

Incluso José de Arimatea, un consejero honorable, bueno, rico y justo, que podría haber sido el tío de Cristo con quien pudo haber hecho extensos viajes antes de comenzar su ministerio público, temía confesar públicamente su creencia en Cristo y que él era uno de los discípulos de Cristo. Juan 19:38 informa:

“Después de todo esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos, rogó a Pilato que le permitiese llevarse el cuerpo de Jesús; y Pilato se lo concedió. Entonces vino, y se llevó el cuerpo de Jesús”.

El siguiente verso nos dice que Nicodemo aparentemente también era un discípulo secreto. Originalmente había visitado a Jesús “de noche”, aparentemente por temor a los judíos:

“También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras”.

Centrándonos brevemente en el apóstol Pablo, se destaca como una persona valiente y audaz. Pero incluso él necesitaba ánimo de vez en cuando y la reafirmación ocasional de Dios. En Hechos 18:8-11, leemos que Dios le dijo a Pablo que hablase en nombre de Él, ya que Dios quería convertir a algunos en la ciudad de Corinto:

“Y Crispo, el principal de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa; y muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados. Entonces el Señor dijo a Pablo en visión de noche: No temas, sino habla, y no calles; porque yo estoy contigo, y ninguno pondrá sobre ti la mano para hacerte mal, porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad. Y se detuvo allí un año y seis meses, enseñándoles la palabra de Dios.”

Pablo no temía a los hombres, como lo confirma Lucas en el libro de los Hechos. En Hechos 14:19-20, leemos sobre el asombroso coraje de Pablo:

“Entonces vinieron unos judíos de Antioquía y de Iconio, que persuadieron a la multitud, y habiendo apedreado a Pablo, le arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto. Pero rodeándole los discípulos, se levantó y entró en la ciudad.”

Pablo volvió de inmediato a las personas que lo habían apedreado. Esto requería coraje y audacia. En la próxima parte mostraremos cómo Pablo pudo tener y tuvo realmente tanto coraje, y cómo podemos tenerlo también.

Pablo no temía a las personas fuera de la Iglesia, ni a las personas dentro de la Iglesia que se le oponían en rebelión. Sus cartas proporcionan un testimonio abundante de este hecho.

Indica en 2 Corintios 13:10:

“Por esto os escribo estando ausente, para no usar de severidad cuando esté presente, conforme a la autoridad que el Señor me ha dado para edificación, y no para destrucción”.

También tome nota de sus comentarios en 2 Corintios 10:1-11:

“Yo Pablo os ruego por la mansedumbre y ternura de Cristo, yo que estando presente ciertamente soy humilde entre vosotros, mas ausente soy osado para con vosotros; ruego, pues, que cuando esté presente, no tenga que usar de aquella osadía con que estoy dispuesto a proceder resueltamente contra algunos que nos tienen como si anduviésemos según la carne…

“Porque aunque me gloríe algo más todavía de nuestra autoridad, la cual el Señor nos dio para edificación y no para vuestra destrucción, no me avergonzaré; para que no parezca como que os quiero amedrentar por cartas. Porque a la verdad, dicen, las cartas son duras y fuertes; más la presencia corporal débil, y la palabra menospreciable. Esto tenga en cuenta tal persona, que así como somos en la palabra por cartas, estando ausentes, lo seremos también en hechos, estando presentes.”

La razón de su ira justa contra algunos en la iglesia se explica en 2 Corintios 11:29: “¿A quién se le hace tropezar, y yo no me indigno?”

Sabía que algunos tratarían de engañar a los hermanos y arrastrarlos con ellos (Hechos 20:30). Pablo no les tenía miedo; se enfrentó a ellos para proteger al rebaño, a pesar de que fue juzgado por algunos que no entendían por qué hablaba y actuaban de esa manera y que lo acusaron de falta de amor. Lo mismo es cierto hoy: no hay nada nuevo bajo el sol.

Hay muchos otros temores que nos podemos encontrar, y la Biblia se refiere a algunos de ellos en numerosos lugares.

No importa en qué situación nos encontramos y qué circunstancia nos tiente a tener miedo, Dios nos muestra la salida. Ahora comenzaremos a abordar la forma de escapar del miedo.

Cuando se enfrentaban o se encontraban en una situación extremadamente difícil, los siervos de Dios recurrieron a Dios en busca de ayuda, paz, seguridad y salvación.

Mientras David estaba angustiado, oró en el Salmo 4:3:

“Sabed, pues, que Jehová ha escogido al piadoso para sí; Jehová oirá cuando yo a él clamare”.

Esto es una clave vital cuando estamos en medio de la incertidumbre – la convicción y la persuasión de que Dios nos escucha cuando lo llamamos. Este hecho se reconfirma maravillosamente en el Salmo 107:23-32, junto con la responsabilidad de aquellos que han orado a Dios y luego han sido ayudados por Él para agradecerle su intervención:

“Los que descienden al mar en naves, Y hacen negocio en las muchas aguas, Ellos han visto las obras de Jehová, Y sus maravillas en las profundidades. Porque habló, e hizo levantar un viento tempestuoso, que encrespa sus ondas. Suben a los cielos, descienden a los abismos; Sus almas se derriten con el mal. Tiemblan y titubean como ebrios, y toda su ciencia es inútil. Entonces claman a Jehová en su angustia, y los libra de sus aflicciones. Cambia la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus ondas. Luego se alegran, porque se apaciguaron; y así los guía al puerto que deseaban. ¡Alaben la misericordia de Jehová, y sus maravillas para con los hijos de los hombres!”

Encontramos la misma enseñanza y advertencia en el Salmo 118:1, 5-6, 8-9:

“¡Alabad a JEHOVÁ, porque él es bueno!; Porque para siempre es su misericordia… Desde la angustia invoqué JEHOVÁ, y me respondió JEHOVÁ, poniéndome en lugar espacioso. Jehová está conmigo; no temeré lo que me pueda hacer el hombre… Mejor es confiar en Jehová que confiar en el hombre. Mejor es confiar en Jehová que confiar en príncipes.”

Nuestra ayuda principal solo puede venir de Dios. Con esa convicción, no debemos temer a los hombres, ni poner nuestra confianza en los hombres como si nuestra ayuda viniera de ellos, y no de Dios. Pero sabiendo esto, debemos agradecer a Dios y no olvidar su intervención.

Salomón hizo incluso esta notable declaración en Proverbios 10:3:

“JEHOVÁ no dejará padecer hambre al justo…”

Esto presupone y requiere mucha confianza en la presencia de Dios. Y así, los siervos de Dios sabían – y tenían que recordarse a sí mismos continuamente y constantemente – que no estaban solos y que Dios conocía sus ansiedades y temores y que los apoyaría y los protegería y los ayudaría.

David declara en el Salmo 27:1-3, 13-14:

“…Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?  Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos, para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron.  Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado… Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes. ¡Aguarda a Jehová; Esfuérzate, y aliéntese tu corazón; Sí, espera a JEHOVÁ!

Aquí hay otra clave en nuestra lucha contra la ansiedad y el miedo: Esperar a la ayuda e intervención de Dios mientras estamos convencidos de que Él AYUDARÁ. A menudo, queremos la acción de Dios ahí mismo, pero en la paciencia y la fe se puede desarrollar gran fortaleza.

Sabiendo esto, David nos aconseja en el Salmo 32:6-7:

“Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado; Ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán éstas a él. Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia…”

De nuevo, escribe en el Salmo 23:4:

“Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.”

Seguía caminando por el valle de la sombra de la muerte. Dios no lo libró de eso. Pero lo libró del miedo y la desesperación, porque David sabía que Dios estaba con él.

Los hijos de Coré que debido a su fidelidad no tuvieron que sufrir el destino de extinción de su padre debido a su rebelión, declararon esto en el Salmo 46:1-3,7:

“…Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar;  Aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza. Selah… Jehová de los ejércitos está con nosotros; Nuestro refugio es el Dios de Jacob. Selah.”

Es importante que nos recordemos en tiempos de ansiedad, miedo y desesperación que el Dios grande y poderoso está con nosotros. Es tan fácil, estando en el calor del fuego, olvidar este hecho tan importante.

En el Salmo 49:5, 15, los hijos de Coré escribieron esto:

“¿Por qué he de temer en los días de adversidad, cuando la iniquidad de mis opresores me rodeare? … Pero Dios redimirá mi vida del poder del Seol, porque él me tomará consigo. Selah.”

Si Dios tiene el poder de resucitarnos de la muerte, ciertamente tiene el poder de ayudarnos en situaciones difíciles en esta vida. En tiempos de pruebas, podríamos olvidar fácilmente cuán poderoso es Él, pero es importante recordar eso siempre para que el miedo al futuro no nos consume.

David escribió en el Salmo 31:19-24:

“¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, que has mostrado a los que esperan en ti, delante de los hijos de los hombres! En lo secreto de tu presencia los esconderás de la conspiración del hombre; Los pondrás en un tabernáculo a cubierto de contención de lenguas… Pero tú oíste la voz de mis ruegos cuando a ti clamaba… Esforzaos todos vosotros los que esperáis en Jehová, Y tome aliento vuestro corazón.”

David se propuso recordar concienzudamente la gran y continua participación de Dios en su vida, para que pudiera tener buen coraje y conquistar todo miedo. Escribió en el Salmo 56:3-4, 8:

“En el día que temo, yo en ti confío… En Dios he confiado; no temeré. ¿Qué puede hacerme el hombre? … Mis huidas tú has contado; Pon mis lágrimas en tu redoma; ¿No están ellas en tu libro?”

David también dijo en el Salmo 31:15: “En tu mano están mis tiempos”. Sabía que no le podría pasar nada a menos que Dios lo permitiera – incluidos sus tiempos “buenos” y “malos”, así como el momento de su vida y el momento de su muerte – y que Dios solo permitiría o haría en su vida lo que sería mejor para él. Más tarde, Pablo diría que todas las cosas les ayudan a bien a los que aman a Dios y cumplen Sus mandamientos. Leemos en el Salmo 112 que el justo que “se deleita en gran manera en sus mandamientos” (versículo 1) “no tendrá temor de las malas noticias; Su corazón está firme, confiado en Jehová. Asegurado está su corazón; No temerá.” (versículos 7-8).

Este mismo pensamiento se expresa en Proverbios 3:25-26 para aquellos que guardan su ley y aplican su sabiduría y comprensión:

“No tendrás temor de pavor repentino, ni de la ruina de los impíos cuando viniere, porque JEHOVÁ será tu confianza, y él preservará tu pie de quedar preso.”

Este sentimiento se repite en Jeremías 17:7-8, como sigue:

“Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto.”

Mientras estamos en apuros y cuando enfrentamos la persecución de hombres malvados, no debemos dejar de dar fruto; No debemos dejar de vivir una vida justa.

Isaías 8:12-13 nos dice que no tengamos miedo de las amenazas de los hombres, sino que tengamos miedo y respeto a Dios. En Isaías 35:4, Dios añade este pensamiento:

“Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá, y os salvará.”

Esta es la confianza que debemos tener siempre: Que Dios está en su trono; que Él sabe lo que está sucediendo en nuestras vidas; que ve la injusticia y la persecución que personas malvadas están tratando de infligirnos; y que Él, a su debido tiempo, INTERVENDRÁ para salvarnos y hacer frente poderosamente a nuestros enemigos. Y mientras tanto, no permitirá que nos pase algo que nos resulte demasiado difícil de soportar.

Dios refuerza esta maravillosa verdad en todas las páginas de la Biblia, que dice así: No debemos tener miedo porque Dios está con nosotros. Dios nos dará su protección, seguridad, ayuda y protección.

Isaías 41:10-14 cita las palabras de Dios para nosotros de la siguiente manera:

“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. He aquí que todos los que se enojan contra ti serán avergonzados y confundidos; serán como nada y perecerán los que contienden contigo. Buscarás a los que tienen contienda contigo, y no los hallarás; serán como nada, y como cosa que no es, aquellos que te hacen la guerra. Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo. No temas, gusano de Jacob, oh vosotros los pocos de Israel; yo soy tu socorro, dice Jehová; el Santo de Israel es tu Redentor.”

La misma promesa se nos reitera en Isaías 43:2, 5, 15-16:

“Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti… No temas, porque yo estoy contigo… Yo JEHOVÁ, Santo vuestro, Creador de Israel, vuestro Rey. Así dice JEHOVÁ, el que abre camino en el mar, y senda en las aguas…”

Dios está con nosotros. Él es nuestro poderoso Rey – el GOBERNANTE sobre todo el universo. Incluso si nos permite atravesar el fuego que podría quemarnos y el agua que podría ahogarnos, Él está con nosotros y no permitirá que nos hagan daño o nos maten antes del tiempo de nuestra muerte decretado por Dios. Y Él podría crear la forma de escapar de una manera sorprendente y totalmente inesperada – mostrándonos un camino dentro y a través del mar rugiente y las poderosas aguas desbordantes. Para permitir la posibilidad de una intervención divina tan poderosa en nuestras mentes, se requiere mucha fe de nuestra parte – lo cual discutiremos ahora en adelante.

Cuando Pablo y sus compañeros se encontraron en un barco en el océano y se vieron enfrentados a una terrible tormenta que parecía matarlos a todos, Dios le dio a Pablo una poderosa y alentadora promesa. Es posible que Dios no actúa exactamente de la misma manera con nosotros hoy, pero necesitamos saber que Dios está allí y que puede y está dispuesto a alentarnos en formas que podemos entender.

Leemos en Hechos 27:18-25:

“Pero siendo combatidos por una furiosa tempestad, al siguiente día empezaron a alijar, y al tercer día con nuestras propias manos arrojamos los aparejos de la nave. Y no apareciendo ni sol ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos. Entonces Pablo, como hacía ya mucho que no comíamos, puesto en pie en medio de ellos, dijo: Habría sido por cierto conveniente, oh varones, haberme oído, y no zarpar de Creta tan sólo para recibir este perjuicio y pérdida. Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo, pues no habrá ninguna pérdida de vida entre vosotros, sino solamente de la nave. Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo, diciendo: Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; y he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo. Por tanto, oh varones, tened buen ánimo; porque yo confío en Dios que será así como se me ha dicho.”

Pablo tenía la fe absoluta de que Dios intervendría y lo protegería y salvaría a él y a sus compañeros. Uno podría decir que esta fue una circunstancia inusual en la que Dios solo salvó a Pablo en ese momento porque quería que Pablo compareciera en Roma ante César, pero este argumento no acertaría.

Encontramos circunstancias casi idénticas en la vida de los doce apóstoles originales en el tiempo que Jesús vivía con ellos como hombre.

Leemos en Marcos 4:35-40:

“Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado. Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas. Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?”

Carecían de fe – no tenían fe en absoluto – y como consecuencia, tenían miedo. Cristo hizo la pregunta si encontraría fe en la tierra a su regreso. Sin fe, tendremos miedo. E incluso sin suficiente fe, tendremos temor.

En otra situación, encontramos lo siguiente, como se registra en Mateo 8:23-27:

“Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron. Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo:¡Señor, sálvanos, que perecemos! Él les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza.”

Aquí, Cristo les dice que no tenían suficiente fe, lo que explicaba su temor. Aunque los registros en Mateo y Marcos suenan similares, no son idénticos, sino que representan dos eventos separados. Mateo describe una “tempestad” o un temblor – un maremoto – mientras que Marcos habla de una “tormenta de viento”, un torbellino o un huracán. Los discípulos mostraron y expresaron temor en ambos incidentes, carecían de fe completamente o no tenían suficiente fe.

De nuevo, uno podría responder que Cristo solo salvó a los discípulos en ese momento, porque tenía planes para ellos. La Biblia no dice esto; y además, Cristo tiene planes para cada uno de nosotros a quienes ha llamado a la salvación hoy en día.

Necesitamos fe en Dios para vencer el miedo. Cristo nos dice en Juan 14:1: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí”.

Esta creencia en Dios puede debilitarse cuando estamos rodeados de acontecimientos malvados o cuando escuchamos rumores falsos o incluso correctos. Estas circunstancias físicas pueden socavar y destruir nuestra fe, si no tenemos cuidado.

En Marcos 5, encontramos un ejemplo interesante. Empezando en el versículo 22, leemos:

“Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies, y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá. Fue, pues, con él; y le seguía una gran multitud, y le apretaban.”

Pero en el camino, “vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro?” (versículo 35).

Pero Jesús ya estaba en camino para sanar a la hija. Todo parecía perdido, cuando llegaron las terribles noticias, pero Jesús dio las siguientes palabras de ánimo al padre, en el versículo 36: “Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente.” Y entonces, fue y resucitó a la hija que de hecho había muerto. Con Dios, nada es imposible – incluso cuando parezca a nuestro entendimiento limitado que no se puede hacer nada. En lugar de desanimarnos por rumores falsos negativos o incluso declaraciones de hechos aparentemente devastadoras, debemos seguir creyendo en Dios y en su ayuda.

Cuando no tenemos fe o no tenemos suficiente fe, temeremos. Debemos creer en Dios y su ayuda. Pero la suprema fe de la que hablamos y que se requiere para conquistar todo miedo no es algo que se origina dentro de nosotros y que podemos crear. Es un regalo de Dios (Efesios 2:8).

Fe, esperanza y amor son inseparables (1 Corintios 13:13). Y entonces, también temeremos si no tenemos suficiente amor. Y no estamos hablando de un concepto teórico y esotérico de “amor”. Más bien, 1 Juan 5:3 nos dice: “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos”. Con ese tipo de amor divino, venceremos el miedo. 1 Juan 4:18 dice:

“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.”

El miedo implica tormento, o tiene miedo del castigo que se espera por violar la Ley de Dios y no arrepentirse de ello, pero el concepto de amor y falta de miedo va aún más profundo. Cuando el amor de Dios está en nosotros, lo cual se manifiesta por nuestra obediencia a Su Palabra, entonces sabemos que nada nos puede pasar lo que Dios, que es un Dios de amor (1 Juan 4: 8), no permitirá, y que todo saldrá bien por nuestro propio bien (Romanos 8:28).

¿Cómo puede el amor de Dios estar en nosotros? La respuesta se da en Romanos 5:5: “Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo [que] nos fue dado.”

El Espíritu Santo de Dios en nosotros nos da el amor de Dios (la primera de las características de los frutos del Espíritu, Gálatas 5:22-23), así como la fe de Dios (otra característica de los frutos del Espíritu), y también nos da la esperanza de Dios que no decepciona. Con el Espíritu de Dios en nosotros, venceremos todo temor.

Dios describe su Espíritu en nosotros de esta manera en 2 Timoteo 1:7: “…Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.”

Con el Espíritu Santo en nosotros, tendremos la paz de Dios (la tercera característica de los frutos del Espíritu). Cristo tenía el Espíritu Santo del Padre en Él, que destruyó todo miedo y le permitió dormir en un barco cuando fue amenazado por terremotos y huracanes.

Leemos en el Salmo 119:165: “Mucha paz tienen los que aman tu ley, Y no hay para ellos tropiezo.” Esta paz es un regalo de Dios que Cristo compartirá con nosotros, como dijo en Juan 14:27: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” Y con esa mentalidad, conquistamos el miedo e incluso podemos tener gozo (la segunda característica del Espíritu de Dios) frente a la adversidad.

Se nos dice que incluso cuando nos encontramos en grandes problemas, no tenemos motivos para tener miedo, siempre sabiendo que los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos y que debemos permitir y estar de acuerdo con el hecho de que Su Voluntad debe hacerse en nuestras vidas. Pero con el Espíritu de Dios en nosotros, venceremos el miedo y la ansiedad.

Algunos cristianos convertidos pueden sentir miedo y ansiedad por sus seres queridos no convertidos – especialmente frente a los terribles eventos que están profetizados de ocurrir muy pronto en la incomparable y terrible Gran Tribulación.

Pero debemos recordar que nuestros niños pequeños no convertidos e incluso nuestros compañeros no convertidos que no son hostiles a Dios y que están dispuestos a vivir con nosotros en paz son “santificados” o “santos” a los ojos de Dios (1 Corintios 7:14). Y como Dios promete protección a su pueblo fiel de los días malos que vendrán para poner a prueba a todos en la tierra, Dios también promete protección para ellos.

Leemos en Proverbios 14:26: “En el temor de Jehová está la fuerte confianza; Y esperanza tendrán sus hijos.”

Cuando Dios liberó a Israel de la esclavitud egipcia, permitió que otros los acompañaran. Éxodo 12:38 dice: “También subió con ellos grande multitud de toda clase de gentes, y ovejas, y muchísimo ganado.”

Tampoco debemos olvidar que Dios escucha nuestras oraciones por los demás. Moisés oraba repetidamente a Dios por el pueblo de Israel cuando habían pecado y Dios estaba a punto de destruirlos, pero debido a la súplica de Moisés, Dios escuchó sus oraciones y cedió. Abraham oró por la gente de Sodoma, y ​​Dios lo habría escuchado y se habría abstenido de destruir a Sodoma, si hubiera habido al menos 10 personas justas en la ciudad.

Dios escucha nuestras oraciones intercesoras – especialmente por nuestros hermanos e incluso por nuestros seres queridos inconversos. Leemos en 2 Tesalonicenses 3:1, 3: “Por lo demás, hermanos, orad por nosotros… Pero fiel es el Señor, que os afirmará y guardará del mal.”

Pablo dice en Romanos 15:30: “Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios…”

También en 2 Corintios 1:8-11: “Porque hermanos, no queremos que ignoréis acerca de nuestra tribulación que nos sobrevino en Asia; pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida. Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos; el cual nos libró, y nos libra, y en quien esperamos que aún nos librará, de tan gran muerte; cooperando también vosotros a favor nuestro con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don concedido a nosotros por medio de muchos.”

Como Pablo les pidió a los hermanos que oraran por él, nosotros en el ministerio también les pedimos lo mismo hoy.

Dios no permitirá que mal venga sobre nosotros que no podríamos soportar – y eso incluye el mal para nuestros hijos y seres queridos no convertidos. Como estamos en las manos de Dios, no hay razón para tener miedo o temor. Pero esta ausencia de miedo solo podemos tenerla si sabemos – y sabemos lo que sabemos – que Dios está con nosotros; que su espíritu está en nosotros; y que nos ayuda y nos protege.

El miedo nos impedirá defender audazmente a Dios sin compromiso ni retroceso, y nos impedirá anunciar todo el consejo de Dios (Hechos 20:27). Nos impedirá guardar Su Ley. A menos que conquistemos el miedo con la audacia y el coraje de Dios, su amor y su fe, finalmente nos destruirá en el lago que arde con fuego (Apocalipsis 21:8).

Escritor principal: Norbert Link

Traducido por: Anna Ruoff